{"id":1477,"date":"2026-05-07T09:15:44","date_gmt":"2026-05-07T09:15:44","guid":{"rendered":"https:\/\/simdalom.com\/blog\/?p=1477"},"modified":"2026-05-07T09:16:39","modified_gmt":"2026-05-07T09:16:39","slug":"cuando-dejamos-de-sentir-para-no-sufrir","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/simdalom.com\/blog\/2026\/05\/07\/cuando-dejamos-de-sentir-para-no-sufrir\/","title":{"rendered":"Cuando dejamos de sentir para no sufrir"},"content":{"rendered":"\n<p>Esta ma\u00f1ana me he encontrado <a href=\"https:\/\/www.abc.es\/contentfactory\/post\/2026\/04\/24\/gsk-habia-incorporado-el-desapego-emocional-como-defensa\">con una  entrevista que me ha dejado pensando<\/a>. Alberto Garc\u00eda Regueiro, hijo de una paciente de mieloma m\u00faltiple, contaba c\u00f3mo vivi\u00f3 la enfermedad de su madre y c\u00f3mo, durante un tiempo, reaccion\u00f3 alej\u00e1ndose de ella. No porque no la quisiera. No porque fuera indiferente a su dolor. Sino precisamente porque aquello le desbordaba.<\/p>\n\n\n\n<p>La frase que me golpe\u00f3 fue esta: <strong>\u201cHab\u00eda incorporado el desapego emocional como una forma de defensa, para evitar el sufrimiento.\u201d<\/strong><\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image aligncenter size-large is-resized\"><a href=\"https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35.png\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"615\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-615x1024.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1478\" style=\"aspect-ratio:0.6006019151846785;width:314px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-615x1024.png 615w, https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-180x300.png 180w, https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-768x1280.png 768w, https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-922x1536.png 922w, https:\/\/simdalom.com\/blog\/wp-content\/uploads\/2026\/05\/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35.png 1186w\" sizes=\"auto, (max-width: 615px) 100vw, 615px\" \/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<!--more-->\n\n\n\n<p>Hay en esa confesi\u00f3n una verdad de nuestro tiempo. Alberto no describe solo una reacci\u00f3n personal ante una enfermedad grave. Describe algo que muchos reconocemos, aunque pocas veces lo digamos as\u00ed: cuando la realidad duele demasiado, una parte de nosotros quiere quitarse de en medio. No necesariamente f\u00edsicamente. A veces basta con dejar de preguntar, dejar de mirar, dejar de implicarse, dejar de sentir en directo. Convertirse en espectador de la propia vida para no ser herido por ella.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese desapego emocional no es falta de amor. Es miedo al amor cuando el amor puede doler demasiado. Es una defensa comprensible, humana, casi instintiva. Pero tambi\u00e9n es una se\u00f1al: algo en nosotros ha dejado de saber qu\u00e9 hacer con el sufrimiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante siglos, la cultura cristiana ofreci\u00f3 a Europa una respuesta a esa pregunta. No una explicaci\u00f3n f\u00e1cil, ni una receta sentimental, ni una negaci\u00f3n del dolor. Ofrec\u00eda algo m\u00e1s exigente: un sentido. El sufrimiento no era deseable, pero tampoco era absurdo. Pod\u00eda ser ofrecido, acompa\u00f1ado, redimido. Pod\u00eda unirse a la Cruz de Cristo. Pod\u00eda convertirse, misteriosamente, en lugar de amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, en cambio, buena parte de nuestra cultura ya no sabe hablar as\u00ed. Hemos conservado el dolor, pero hemos perdido el lenguaje que lo hac\u00eda habitable.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>El desapego como tentaci\u00f3n contempor\u00e1nea<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>La reacci\u00f3n de Alberto puede leerse como una experiencia \u00edntima, pero tambi\u00e9n como s\u00edntoma cultural. Vivimos en una \u00e9poca que, ante el sufrimiento, tiende a proponernos una salida: tomar distancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Distancia emocional. Distancia afectiva. Distancia del cuerpo. Distancia de los v\u00ednculos. Distancia incluso de nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n<p>No se trata solo de la cobard\u00eda individual de quien no quiere sufrir. Ser\u00eda injusto decirlo as\u00ed. Muchas veces el desapego aparece porque uno no tiene herramientas, porque el dolor le supera, porque nadie le ha ense\u00f1ado a mirar de frente la enfermedad, la muerte, la culpa, la fragilidad o la p\u00e9rdida. Pero el hecho es que nuestra cultura ha hecho de esa distancia una especie de virtud.<\/p>\n\n\n\n<p>Se nos dice que debemos proteger nuestra paz, no depender, no apegarnos, no cargar con lo que no podemos controlar, no sufrir por lo que no est\u00e1 en nuestra mano. Hay verdad en algunas de esas recomendaciones. Nadie deber\u00eda vivir esclavizado por la ansiedad, la culpa o la posesi\u00f3n. Pero cuando esa l\u00f3gica se absolutiza, termina produciendo un ideal humano extra\u00f1o: una persona que no se rompe porque tampoco se entrega del todo; que no sufre porque no ama hasta el final; que conserva la calma porque ha aprendido a no pertenecer demasiado a nada ni a nadie.<\/p>\n\n\n\n<p>El resultado no es la paz. Es una anestesia.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Oriente como refugio de una Europa cansada<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed aparece una conexi\u00f3n inc\u00f3moda con algunas corrientes orientales tal como han sido recibidas en Occidente. No hablo necesariamente del budismo profundo, ni de las tradiciones religiosas orientales en toda su riqueza, sino de la forma en que Europa, cansada de s\u00ed misma y de su herencia cristiana, ha incorporado muchas de esas pr\u00e1cticas.<\/p>\n\n\n\n<p>El budismo, ciertas formas de yoga convertidas en espiritualidad de consumo, la meditaci\u00f3n entendida como t\u00e9cnica de vaciamiento, nos ofrecen muchas veces una promesa seductora: salir del yo, disolver el deseo, apagar el ruido interior, liberarse del apego para dejar de sufrir.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay en ello intuiciones valiosas. El hombre contempor\u00e1neo vive saturado de s\u00ed mismo. Su ego es ruidoso, caprichoso, ansioso. Quiere poseerlo todo, controlarlo todo, prolongarlo todo. En ese sentido, cualquier llamada a relativizar el yo puede tener una funci\u00f3n purificadora.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero cuando esas pr\u00e1cticas se separan de una b\u00fasqueda religiosa seria y se convierten en t\u00e9cnicas de bienestar, corren el riesgo de reforzar precisamente aquello que dicen combatir. Ya no se trata de abrirse a Dios, ni a la verdad, ni al pr\u00f3jimo, sino de proteger el propio equilibrio interior. La espiritualidad queda reducida a higiene emocional. La oraci\u00f3n se sustituye por respiraci\u00f3n. La conversi\u00f3n, por relajaci\u00f3n. La entrega, por autocuidado.<\/p>\n\n\n\n<p>Y as\u00ed, el desapego deja de ser una disciplina del alma para convertirse en una estrategia de supervivencia individual: no sufrir\u00e9 si no me aferro; no me romper\u00e9 si no me implico; no me doler\u00e1 la p\u00e9rdida si antes he aprendido a no necesitar.<\/p>\n\n\n\n<p>El problema es que el hombre no est\u00e1 hecho para no necesitar. Est\u00e1 hecho para amar.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>El laicismo y la p\u00e9rdida del sentido<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Pero ser\u00eda superficial culpar solo a Oriente. El verdadero problema est\u00e1 en Europa. O, mejor dicho, en la Europa que ha querido sobrevivir despu\u00e9s de negar sus propias ra\u00edces.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante d\u00e9cadas, hemos ido expulsando del espacio p\u00fablico las palabras que daban sentido a la vida humana: alma, pecado, gracia, redenci\u00f3n, eternidad, sacrificio, vocaci\u00f3n, providencia, cruz. Las hemos sustituido por otras: bienestar, autonom\u00eda, salud mental, autorrealizaci\u00f3n, gesti\u00f3n emocional, resiliencia.<\/p>\n\n\n\n<p>No todas son malas. Algunas son necesarias. Pero no bastan.<\/p>\n\n\n\n<p>Una cultura puede hablar mucho de bienestar y no saber qu\u00e9 hacer con un enfermo incurable. Puede hablar mucho de autonom\u00eda y no saber acompa\u00f1ar la dependencia. Puede hablar mucho de salud mental y no saber mirar la muerte. Puede hablar mucho de derechos y no saber qu\u00e9 sentido tiene sacrificarse por otro.<\/p>\n\n\n\n<p>El laicismo contempor\u00e1neo ha dejado al hombre solo ante su dolor. Le ha dicho que no hay eternidad, que no hay providencia, que no hay redenci\u00f3n, que no hay cruz fecunda, que no hay comuni\u00f3n de los santos, que no hay valor salv\u00edfico del sufrimiento. Y despu\u00e9s, cuando ese hombre sufre, solo puede ofrecerle terapia, f\u00e1rmacos, entretenimiento, productividad o t\u00e9cnicas de aceptaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Insisto: todo eso puede ayudar. La terapia puede ser buena, la medicina es un bien, el descanso es necesario, el cuidado psicol\u00f3gico es importante. Pero nada de eso responde del todo a la pregunta \u00faltima: <strong>\u00bfpara qu\u00e9 sufrir?<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Una sociedad que no sabe responder a esa pregunta termina ense\u00f1ando a sus hijos una sola salida: sufrir lo menos posible. Y, si para sufrir menos hay que sentir menos, implicarse menos o amar con reservas, entonces se presenta esa retirada como madurez.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>La respuesta cristiana: no huir de la vida<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Frente a esa tentaci\u00f3n, la tradici\u00f3n cristiana propone algo radicalmente distinto. No llama al hombre a disolverse, ni a flotar por encima de su dolor, ni a protegerse de la vida mediante una distancia espiritual. Le llama a ser plenamente hombre.<\/p>\n\n\n\n<p>Y ser plenamente hombre significa amar con cuerpo y alma. Significa sufrir cuando sufre quien amamos. Significa acompa\u00f1ar al enfermo aunque nos incomode su fragilidad. Significa aceptar que la vida no siempre puede ser controlada. Significa no convertir la paz interior en excusa para la retirada.<\/p>\n\n\n\n<p>Cristo no se salva del dolor dejando de sentir. Cristo llora ante la muerte de L\u00e1zaro. Siente angustia en Getseman\u00ed. Pide que pase de \u00c9l ese c\u00e1liz. Suda sangre. Cae bajo el peso de la cruz. Grita abandono. No hay en \u00c9l anestesia, ni evasi\u00f3n, ni indiferencia espiritual.<\/p>\n\n\n\n<p>Hay obediencia. Hay entrega. Hay amor.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso el cristianismo no niega el sufrimiento, pero tampoco lo idolatra. No dice que sufrir sea bueno en s\u00ed mismo. No convierte el dolor en espect\u00e1culo ni en m\u00e9rito autom\u00e1tico. Lo que dice es algo mucho m\u00e1s profundo: que el sufrimiento, unido al amor, puede ser fecundo. Que la cruz, unida a Cristo, no es solo fracaso, sino camino de redenci\u00f3n. Que el dolor ofrecido puede participar del misterio de la salvaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Ah\u00ed aparece una palabra dif\u00edcil para nuestro tiempo: <strong>corredenci\u00f3n<\/strong>. No significa que el hombre redima por s\u00ed mismo, ni que complete lo que a Cristo le falt\u00f3 por impotencia. Significa que Cristo permite al hombre participar de su obra redentora. Que nuestras heridas, nuestras renuncias, nuestras p\u00e9rdidas y nuestros sacrificios, unidos a \u00c9l, pueden adquirir un valor eterno.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto cambia por completo la forma de mirar la enfermedad de una madre, el cansancio de un cuidador o la culpa de un hijo que ha querido escapar.<\/p>\n\n\n\n<p>La pregunta ya no es solo: \u201c\u00bfc\u00f3mo hago para que esto no me duela?\u201d<br>La pregunta pasa a ser: \u201c\u00bfc\u00f3mo puedo amar aqu\u00ed?\u201d<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>La alegr\u00eda ante la contrariedad<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Y aqu\u00ed llegamos al punto m\u00e1s dif\u00edcil, quiz\u00e1 el m\u00e1s incomprensible para una mentalidad contempor\u00e1nea: la gratitud y la alegr\u00eda ante la contrariedad.<\/p>\n\n\n\n<p>No se trata de una alegr\u00eda superficial. No es optimismo barato, ni negaci\u00f3n del mal, ni una sonrisa impostada ante la tragedia. La alegr\u00eda cristiana no nace de que todo vaya bien. Nace de saber que incluso aquello que no va bien puede ser abrazado por Dios.<\/p>\n\n\n\n<p>El cristiano puede llorar y, sin embargo, no desesperar. Puede sufrir y, sin embargo, no maldecir la vida. Puede sentirse d\u00e9bil y, sin embargo, no considerarse abandonado. Puede perder y, sin embargo, esperar. Porque su horizonte no termina en la eficacia, ni en la salud, ni en la juventud, ni en la autonom\u00eda, ni siquiera en la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p>Termina \u2014o mejor dicho, empieza\u2014 en la eternidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa es la gran diferencia. Sin eternidad, el sufrimiento solo puede ser gestionado. Con eternidad, puede ser ofrecido. Sin eternidad, el dolor es una aver\u00eda de la existencia. Con eternidad, puede convertirse en camino de uni\u00f3n. Sin eternidad, la muerte obliga a protegerse. Con eternidad, la vida puede entregarse.<\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, ante la enfermedad de alguien amado, la respuesta cristiana no es quitarse de en medio, ni dejar de sentir, ni blindarse para que el golpe duela menos. La respuesta cristiana es permanecer. Estar. Amar. Acompa\u00f1ar. Cargar con la parte de cruz que a uno le corresponda, no con amargura, sino con una alegr\u00eda m\u00e1s honda que el bienestar.<\/p>\n\n\n\n<p>No porque no duela.<br>Sino porque tiene sentido.<\/p>\n\n\n\n<h3 class=\"wp-block-heading\"><strong>Volver a sentir<\/strong><\/h3>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 por eso me impresion\u00f3 tanto la frase de Alberto Garc\u00eda Regueiro. Porque todos, de alg\u00fan modo, hemos sentido esa tentaci\u00f3n: dejar de sentir para no sufrir. Apartarnos antes de que nos hieran. No mirar demasiado de cerca lo que nos puede romper.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero una vida construida sobre esa defensa termina siendo m\u00e1s peque\u00f1a. M\u00e1s segura, quiz\u00e1. M\u00e1s controlada. Pero menos humana.<\/p>\n\n\n\n<p>La tradici\u00f3n cristiana nos recuerda que el hombre no ha sido creado para protegerse indefinidamente de la vida, sino para recibirla entera: con su belleza y su herida, con su gozo y su cruz, con su promesa y su p\u00e9rdida. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de no huir cuando aparece. No se trata de negar la tristeza, sino de impedir que la tristeza sea la \u00faltima palabra.<\/p>\n\n\n\n<p>El desapego emocional dice: \u201cme alejo para no sufrir\u201d.<br>El cristianismo responde: \u201cpermanezco para amar\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Y en esa permanencia, incluso cuando duele, empieza a recomponerse la vida. No porque vuelva a ser como antes, sino porque queda atravesada por un sentido que el dolor no puede destruir.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Esta ma\u00f1ana me he encontrado con una entrevista que me ha dejado pensando. 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