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	<title>Sufrimiento &#8211; SimDalom.com</title>
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	<description>¡Hola! Soy Chema Martínez-Priego y escribo sobre lo que me ronda en la cabeza.</description>
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		<title>Cuando dejamos de sentir para no sufrir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[simdalom]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 07 May 2026 09:15:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antropología]]></category>
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					<description><![CDATA[Esta mañana me he encontrado con una entrevista que me ha dejado pensando. Alberto García Regueiro, hijo de una paciente de mieloma múltiple, contaba cómo vivió la enfermedad de su madre y cómo, durante un tiempo, reaccionó alejándose de ella. No porque no la quisiera. No porque fuera indiferente a su dolor. Sino precisamente porque [&#8230;]]]></description>
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<p>Esta mañana me he encontrado <a href="https://www.abc.es/contentfactory/post/2026/04/24/gsk-habia-incorporado-el-desapego-emocional-como-defensa">con una  entrevista que me ha dejado pensando</a>. Alberto García Regueiro, hijo de una paciente de mieloma múltiple, contaba cómo vivió la enfermedad de su madre y cómo, durante un tiempo, reaccionó alejándose de ella. No porque no la quisiera. No porque fuera indiferente a su dolor. Sino precisamente porque aquello le desbordaba.</p>



<p>La frase que me golpeó fue esta: <strong>“Había incorporado el desapego emocional como una forma de defensa, para evitar el sufrimiento.”</strong></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large is-resized"><a href="https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35.png"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="615" height="1024" src="https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-615x1024.png" alt="" class="wp-image-1478" style="aspect-ratio:0.6006019151846785;width:314px;height:auto" srcset="https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-615x1024.png 615w, https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-180x300.png 180w, https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-768x1280.png 768w, https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35-922x1536.png 922w, https://simdalom.com/blog/wp-content/uploads/2026/05/Captura-de-pantalla-2026-05-07-a-las-10.27.35.png 1186w" sizes="(max-width: 615px) 100vw, 615px" /></a></figure>



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<p>Hay en esa confesión una verdad de nuestro tiempo. Alberto no describe solo una reacción personal ante una enfermedad grave. Describe algo que muchos reconocemos, aunque pocas veces lo digamos así: cuando la realidad duele demasiado, una parte de nosotros quiere quitarse de en medio. No necesariamente físicamente. A veces basta con dejar de preguntar, dejar de mirar, dejar de implicarse, dejar de sentir en directo. Convertirse en espectador de la propia vida para no ser herido por ella.</p>



<p>Ese desapego emocional no es falta de amor. Es miedo al amor cuando el amor puede doler demasiado. Es una defensa comprensible, humana, casi instintiva. Pero también es una señal: algo en nosotros ha dejado de saber qué hacer con el sufrimiento.</p>



<p>Durante siglos, la cultura cristiana ofreció a Europa una respuesta a esa pregunta. No una explicación fácil, ni una receta sentimental, ni una negación del dolor. Ofrecía algo más exigente: un sentido. El sufrimiento no era deseable, pero tampoco era absurdo. Podía ser ofrecido, acompañado, redimido. Podía unirse a la Cruz de Cristo. Podía convertirse, misteriosamente, en lugar de amor.</p>



<p>Hoy, en cambio, buena parte de nuestra cultura ya no sabe hablar así. Hemos conservado el dolor, pero hemos perdido el lenguaje que lo hacía habitable.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>El desapego como tentación contemporánea</strong></h3>



<p>La reacción de Alberto puede leerse como una experiencia íntima, pero también como síntoma cultural. Vivimos en una época que, ante el sufrimiento, tiende a proponernos una salida: tomar distancia.</p>



<p>Distancia emocional. Distancia afectiva. Distancia del cuerpo. Distancia de los vínculos. Distancia incluso de nosotros mismos.</p>



<p>No se trata solo de la cobardía individual de quien no quiere sufrir. Sería injusto decirlo así. Muchas veces el desapego aparece porque uno no tiene herramientas, porque el dolor le supera, porque nadie le ha enseñado a mirar de frente la enfermedad, la muerte, la culpa, la fragilidad o la pérdida. Pero el hecho es que nuestra cultura ha hecho de esa distancia una especie de virtud.</p>



<p>Se nos dice que debemos proteger nuestra paz, no depender, no apegarnos, no cargar con lo que no podemos controlar, no sufrir por lo que no está en nuestra mano. Hay verdad en algunas de esas recomendaciones. Nadie debería vivir esclavizado por la ansiedad, la culpa o la posesión. Pero cuando esa lógica se absolutiza, termina produciendo un ideal humano extraño: una persona que no se rompe porque tampoco se entrega del todo; que no sufre porque no ama hasta el final; que conserva la calma porque ha aprendido a no pertenecer demasiado a nada ni a nadie.</p>



<p>El resultado no es la paz. Es una anestesia.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Oriente como refugio de una Europa cansada</strong></h3>



<p>Aquí aparece una conexión incómoda con algunas corrientes orientales tal como han sido recibidas en Occidente. No hablo necesariamente del budismo profundo, ni de las tradiciones religiosas orientales en toda su riqueza, sino de la forma en que Europa, cansada de sí misma y de su herencia cristiana, ha incorporado muchas de esas prácticas.</p>



<p>El budismo, ciertas formas de yoga convertidas en espiritualidad de consumo, la meditación entendida como técnica de vaciamiento, nos ofrecen muchas veces una promesa seductora: salir del yo, disolver el deseo, apagar el ruido interior, liberarse del apego para dejar de sufrir.</p>



<p>Hay en ello intuiciones valiosas. El hombre contemporáneo vive saturado de sí mismo. Su ego es ruidoso, caprichoso, ansioso. Quiere poseerlo todo, controlarlo todo, prolongarlo todo. En ese sentido, cualquier llamada a relativizar el yo puede tener una función purificadora.</p>



<p>Pero cuando esas prácticas se separan de una búsqueda religiosa seria y se convierten en técnicas de bienestar, corren el riesgo de reforzar precisamente aquello que dicen combatir. Ya no se trata de abrirse a Dios, ni a la verdad, ni al prójimo, sino de proteger el propio equilibrio interior. La espiritualidad queda reducida a higiene emocional. La oración se sustituye por respiración. La conversión, por relajación. La entrega, por autocuidado.</p>



<p>Y así, el desapego deja de ser una disciplina del alma para convertirse en una estrategia de supervivencia individual: no sufriré si no me aferro; no me romperé si no me implico; no me dolerá la pérdida si antes he aprendido a no necesitar.</p>



<p>El problema es que el hombre no está hecho para no necesitar. Está hecho para amar.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>El laicismo y la pérdida del sentido</strong></h3>



<p>Pero sería superficial culpar solo a Oriente. El verdadero problema está en Europa. O, mejor dicho, en la Europa que ha querido sobrevivir después de negar sus propias raíces.</p>



<p>Durante décadas, hemos ido expulsando del espacio público las palabras que daban sentido a la vida humana: alma, pecado, gracia, redención, eternidad, sacrificio, vocación, providencia, cruz. Las hemos sustituido por otras: bienestar, autonomía, salud mental, autorrealización, gestión emocional, resiliencia.</p>



<p>No todas son malas. Algunas son necesarias. Pero no bastan.</p>



<p>Una cultura puede hablar mucho de bienestar y no saber qué hacer con un enfermo incurable. Puede hablar mucho de autonomía y no saber acompañar la dependencia. Puede hablar mucho de salud mental y no saber mirar la muerte. Puede hablar mucho de derechos y no saber qué sentido tiene sacrificarse por otro.</p>



<p>El laicismo contemporáneo ha dejado al hombre solo ante su dolor. Le ha dicho que no hay eternidad, que no hay providencia, que no hay redención, que no hay cruz fecunda, que no hay comunión de los santos, que no hay valor salvífico del sufrimiento. Y después, cuando ese hombre sufre, solo puede ofrecerle terapia, fármacos, entretenimiento, productividad o técnicas de aceptación.</p>



<p>Insisto: todo eso puede ayudar. La terapia puede ser buena, la medicina es un bien, el descanso es necesario, el cuidado psicológico es importante. Pero nada de eso responde del todo a la pregunta última: <strong>¿para qué sufrir?</strong></p>



<p>Una sociedad que no sabe responder a esa pregunta termina enseñando a sus hijos una sola salida: sufrir lo menos posible. Y, si para sufrir menos hay que sentir menos, implicarse menos o amar con reservas, entonces se presenta esa retirada como madurez.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La respuesta cristiana: no huir de la vida</strong></h3>



<p>Frente a esa tentación, la tradición cristiana propone algo radicalmente distinto. No llama al hombre a disolverse, ni a flotar por encima de su dolor, ni a protegerse de la vida mediante una distancia espiritual. Le llama a ser plenamente hombre.</p>



<p>Y ser plenamente hombre significa amar con cuerpo y alma. Significa sufrir cuando sufre quien amamos. Significa acompañar al enfermo aunque nos incomode su fragilidad. Significa aceptar que la vida no siempre puede ser controlada. Significa no convertir la paz interior en excusa para la retirada.</p>



<p>Cristo no se salva del dolor dejando de sentir. Cristo llora ante la muerte de Lázaro. Siente angustia en Getsemaní. Pide que pase de Él ese cáliz. Suda sangre. Cae bajo el peso de la cruz. Grita abandono. No hay en Él anestesia, ni evasión, ni indiferencia espiritual.</p>



<p>Hay obediencia. Hay entrega. Hay amor.</p>



<p>Por eso el cristianismo no niega el sufrimiento, pero tampoco lo idolatra. No dice que sufrir sea bueno en sí mismo. No convierte el dolor en espectáculo ni en mérito automático. Lo que dice es algo mucho más profundo: que el sufrimiento, unido al amor, puede ser fecundo. Que la cruz, unida a Cristo, no es solo fracaso, sino camino de redención. Que el dolor ofrecido puede participar del misterio de la salvación.</p>



<p>Ahí aparece una palabra difícil para nuestro tiempo: <strong>corredención</strong>. No significa que el hombre redima por sí mismo, ni que complete lo que a Cristo le faltó por impotencia. Significa que Cristo permite al hombre participar de su obra redentora. Que nuestras heridas, nuestras renuncias, nuestras pérdidas y nuestros sacrificios, unidos a Él, pueden adquirir un valor eterno.</p>



<p>Esto cambia por completo la forma de mirar la enfermedad de una madre, el cansancio de un cuidador o la culpa de un hijo que ha querido escapar.</p>



<p>La pregunta ya no es solo: “¿cómo hago para que esto no me duela?”<br>La pregunta pasa a ser: “¿cómo puedo amar aquí?”</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>La alegría ante la contrariedad</strong></h3>



<p>Y aquí llegamos al punto más difícil, quizá el más incomprensible para una mentalidad contemporánea: la gratitud y la alegría ante la contrariedad.</p>



<p>No se trata de una alegría superficial. No es optimismo barato, ni negación del mal, ni una sonrisa impostada ante la tragedia. La alegría cristiana no nace de que todo vaya bien. Nace de saber que incluso aquello que no va bien puede ser abrazado por Dios.</p>



<p>El cristiano puede llorar y, sin embargo, no desesperar. Puede sufrir y, sin embargo, no maldecir la vida. Puede sentirse débil y, sin embargo, no considerarse abandonado. Puede perder y, sin embargo, esperar. Porque su horizonte no termina en la eficacia, ni en la salud, ni en la juventud, ni en la autonomía, ni siquiera en la muerte.</p>



<p>Termina —o mejor dicho, empieza— en la eternidad.</p>



<p>Esa es la gran diferencia. Sin eternidad, el sufrimiento solo puede ser gestionado. Con eternidad, puede ser ofrecido. Sin eternidad, el dolor es una avería de la existencia. Con eternidad, puede convertirse en camino de unión. Sin eternidad, la muerte obliga a protegerse. Con eternidad, la vida puede entregarse.</p>



<p>Por eso, ante la enfermedad de alguien amado, la respuesta cristiana no es quitarse de en medio, ni dejar de sentir, ni blindarse para que el golpe duela menos. La respuesta cristiana es permanecer. Estar. Amar. Acompañar. Cargar con la parte de cruz que a uno le corresponda, no con amargura, sino con una alegría más honda que el bienestar.</p>



<p>No porque no duela.<br>Sino porque tiene sentido.</p>



<h3 class="wp-block-heading"><strong>Volver a sentir</strong></h3>



<p>Quizá por eso me impresionó tanto la frase de Alberto García Regueiro. Porque todos, de algún modo, hemos sentido esa tentación: dejar de sentir para no sufrir. Apartarnos antes de que nos hieran. No mirar demasiado de cerca lo que nos puede romper.</p>



<p>Pero una vida construida sobre esa defensa termina siendo más pequeña. Más segura, quizá. Más controlada. Pero menos humana.</p>



<p>La tradición cristiana nos recuerda que el hombre no ha sido creado para protegerse indefinidamente de la vida, sino para recibirla entera: con su belleza y su herida, con su gozo y su cruz, con su promesa y su pérdida. No se trata de buscar el sufrimiento, sino de no huir cuando aparece. No se trata de negar la tristeza, sino de impedir que la tristeza sea la última palabra.</p>



<p>El desapego emocional dice: “me alejo para no sufrir”.<br>El cristianismo responde: “permanezco para amar”.</p>



<p>Y en esa permanencia, incluso cuando duele, empieza a recomponerse la vida. No porque vuelva a ser como antes, sino porque queda atravesada por un sentido que el dolor no puede destruir.</p>
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